
Don Hugo: Ya le advertí, don Víctor, que más valdría que no viniera esta noche, que si Rafita cogía un berrinche, no íbamos a ver “La giornata balorda”, de Bolognini.
Don Víctor: Llora de puro agotamiento… ¿Suele aguantar mucho?
Don Hugo: Rafita, hijo, relájate como nosotros y vete ya a la cama.
Don Víctor: Venga, Rafita, ¿no ves que estás trufado de negativismo?
Don Hugo: Tiene razón don Víctor: tu autoestima está siempre por los suelos y ¿sabes por qué? Pues porque así, rebajando tu autoconcepto, justificas tu inacción y eludes tus responsabilidades de niño bueno.
Don Víctor: Tienes que quererte más, Rafita… Te dices: “No valgo nada. No sirvo. Todo me sale mal” y así te inhibes y dejas que los adultos carguen con los deberes y requerimientos que estás eludiendo…
Don Hugo: Has sustituido el sino inexorable de los antiguos por un falso determinismo psíquico…¡qué cómodo!, ¿verdad?… Con tu supuesta debilidad, manipulas tu entorno.
Don Víctor: Rafita, ¡si es que eres un manipulador nato!
Don Hugo: Pues esto se acabó. A partir de ahora, cada mañana, cuando te asees frente al espejo, te vas a decir: “Las cosas no me salen mal. No. Soy yo quien las hago mal, sí, pero a partir de ahora las voy a hacer bien”.
Don Víctor: Eso, eso, Rafita, ¡a quererte mucho!… ¡Atiza, don Hugo… si se ha ido a acostar!
Don Hugo: Tenga usted en cuenta que con unas buenas dosis de imaginación a lo Schultz, junto con la visión más cuantificadora y fisiológica de la de Jacobson, hemos neutralizado su rabieta.
Don Víctor: Yo creo que ha sido más bien esa jerigonza que le hemos largado a la pobre criatura…
Don Hugo: Ponga ya el dvd, don Víctor, que ése no se nos despierta ya hasta mañana a las once.