
Don Hugo: Dígame entonces, don Víctor. ¿en qué consiste exactamente lo que quiere explicar a su nieta Lucía?
Don Víctor: No es explicar, sino adiestrarla en redactar de manera que evite esos coloquialismos tan espontáneos y tan expresivos, de cara a los exámenes.
Don Hugo: ¿Qué palabra, por ejemplo?… ¿Cabrearse?
Don Víctor: Sí, eso lo dice mucho y hasta lo escribe. ¿Qué equivalente “académico” podríamos aconsejarle?
Don Hugo: Ésta es muy fácil: enfadarse, enojarse, irritarse, indignarse, soliviantarse… ¡sulfurarse, en caso extremo!
Don Víctor: Y entonces, ¿un cabrón?
Don Hugo: Pues… desconsiderado, indeseable, malvado, malintencionado, cruel… y en caso extremo: ¡protervo!
Don Víctor: También dice mucho “calentón”.
Don Hugo: Acaloramiento, excitación, pronto, ofuscación y, en caso extremo, obnubilación de la conciencia.
Don Víctor: Una buena gradación… tendrá donde elegir… Y cuando mete un gol, siempre exclama que “¡qué subidón!”
Don Hugo: Claro, ¡como si se drogara! Pues… alegría, contento, entusiasmo… y sólo en caso extremo: ¡éxtasis!
Don Víctor: Bueno, ¡no creo que sea para tanto!… pero le confieso, don Hugo, que dice cosas mucho más feas y las teclea en el teléfono con sus amigas y con su madre: que si “jodida”, que si “jodienda”, que si “putada” y… pero bueno, basta así.
Don Hugo: Jodida, jodienda, putada… fastidiada, contratiempo, mal.
Don Víctor: Muy bien. Pongamos la cosa peor…
Don Hugo: Lastimada, hartazgo, perjuicio.
Don Víctor: Más leña, don Hugo, que ya lo tenemos.
Don Hugo: Herida, desesperación, daño.