Pierrot lunar

Don Hugo: Usted dígame si me equivoco, don Víctor, pero esto, que yo sepa, no lo he visto ni en Roma ni en París…
Don Víctor: Lleva usted más razón que un santo. Allí uno se siente rejuvenecer encontrándose aquellos comercios tradicionales, que aquí están en trance de extinción.
Don Hugo: Acá, concretamente, había unos ultramarinos que eran una gloria. Había todo tipo de comestibles, latas y botillería.
Don Víctor: Siempre le fiaban a uno… preparaban bocadillos si se terciaba… y nunca faltaba el detalle para el niño.
Don Hugo: ¡Y qué olor tan hogareño!
Don Víctor: Como que las calles parecían una prolongación de la casa, tan hospitalarias, con aquellas tiendas abiertas, iluminadas cuando anochecía…
Don Hugo: En las calles de Madrid, la noche llegaba más tarde que en ninguna otra parte.
Don Víctor: Y en cambio, ¡estos escaparates!… desordenados, polvorientos, exhibiendo unos productos ínfimos…
Don Hugo: ¡Sí, como de casa de orates!
Don Víctor: Y por dentro ¡incluso peor! Qué frío en invierno, qué desangelado siempre, qué media luz tan triste, qué hastío, qué tedio vital…
Don Hugo: Si parecen el “Pierrot lunar” del depresivo Schoenberg…
Don Víctor: Pues todo esto, ¡en nombre de la Libertad!… ya ve usted. Libertad de horarios…
Don Hugo:… aunque nos carguemos el descanso familiar del pequeño comerciante…
Don Víctor: … exención de impuestos a la gran potencia emergente…
Don Hugo: … compensada por la rigurosa exigencia tributaria para con el contribuyente…
Don Víctor: … apertura del mercado chino a nuestras grandes empresas y bancos…
Don Hugo: … aunque para ello reduzcamos nuestros sonrientes barrios a la condición de suburbios degradados…
Don Víctor: Sí, pero concédame usted, don Hugo, que las grandes fortunas se verán beneficiadas…
Don Hugo: ¡No faltaría más!… pero para semejante viaje, don Víctor, no hacían falta alforjas.

febrero 2013

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