
Don Víctor: ¿Y se acuerda usted, don Hugo, de «Lirón, Gordo y González, sucesores de Salvi»?
Don Hugo: Sí, hombre, esa tienda de fotografía, que estaba en la carrera de San Jerónimo.
Don Víctor: Pues yo creo que estaba en la calle Sevilla.
Don Hugo: ¿No era ésa que también se dedicaba a la venta de pianos mecánicos, anunciando a bombo y platillo que con sus rollos perforados cualquiera interpretaría a Chopin mejor que el mismísimo Rubinstein?
Don Víctor: ¿Y qué me dice usted de «Caramba, Caracciolo y Scognamiglio»
Don Hugo: ¿Dónde quedaba eso…? La verdad, no lo recuerdo, don Víctor…
Don Víctor: Allí al lado, en la carrera de San Jerónimo. Se dedicaban también a la música. Habían llegado a España con sus compañías de opereta.
Don Hugo: Ahora, para mí, el más llamativo era «Bobo y Pequeño», tejidos. ¡Cómo olvidar ese nombre que son dos insultos!
Don Víctor: Allí estaba su atrevimiento y su gracia. No se ocultaban, como hacen ahora. Fíjese qué panorama: HM, C y A, Zara, Mango, Pull and Bear…
Don Hugo: Tiendas y marcas apátridas, de propietarios anónimos, franquicias clonadas…
Don Víctor: Yo, la verdad, si fuera comerciante, preferiría ser bobo, pequeñajo, gordo, un lirón incluso, pero de carne y hueso, llevando el apellido de mi padre, radicado en Atocha y expendiendo artículos de proveedor conocido y honrado si es posible.
Don Hugo: Pues sí, y no como esos otros, sin padre ni madre, ¡descastados!, ni perrito que les ladre, que podrían cantar lo que Juanito Valderrama, que (cantando:)»qué importa saber quién soy…
Don Víctor y don Hugo (cantando ambos): … ni de dónde vengo ni por dónde voy…»