Lágrimas por el maestro Guerrero

Don Víctor: ¡Tener que ver «Sonrisas y lágrimas» ocupando el Coliseum de don Jacinto Guerrero…!
Don Hugo: ¿Recuerda usted, don Víctor, cuando hace unos años, en que esto pasó a ser un cine, cómo en el descanso sonaba «El canastillo de fresas»?
Don Víctor: Sí, es verdad, yo creo que nadie lo identificaba ni sabía a qué venía aquello… pero al menos ese eco quedaba de la presencia del maestro.
Don Hugo: La de dinero que debió de hacer el de Ajofrín para encargar este edificio tan moderno y tan grande…
Don Víctor: Y al mismo tiempo tan severo y poco complaciente, ¿no le parece, don Hugo?
Don Hugo: En apariencia se aleja mucho de sus zarzuelas rurales, pero en realidad también en ellas encontramos la misma reciedumbre en los personajes y la misma crudeza en los conflictos.
Don Víctor: ¡Y que lo diga usted, don Hugo! Vamos, que me está molestando aún más ese cartel tan cursi, anuncio de peripecias inverosímiles para unos personajes edulcorados.
Don Hugo: ¡Estomagantes!
Don Víctor: Y no es eso lo peor: donde antes sonaba una orquesta, ahora se padecen los acordes ratoneros de uno de esos harmonios electrónicos, auxiliado por dos o tres pobres músicos.
Don Hugo: Y además los protagonistas, que antaño no habrían valido ni para vice-tiples, le atruenan a uno con sus dichosos micros.
Don Víctor: Menos mal que a los pentagramas del maestro le suceden ahora, ¡con indiscutible ventaja!, esos inspirados prodigios de los musicales americanos.
Don Hugo: A uno se le antoja que van improvisando las melodías sobre la marcha al hilo del insípido texto.
Don Víctor: Lástima que un edificio tan seco no se preste a acoger a un fantasma de la Zarzuela.
Don Hugo: Eso, un Juan Luis que, con su fiel espada triunfadora, de un solo tajo, cortara el cable umbilical de la megafonía.
Don Víctor: Y así, ni musicales, ni cine…
Don Hugo: ¡Zarzuela!

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