
Don Hugo: La última de Isidro Cuenca: que la mujer actual vale menos que la de antes, salvo en la cuestión de las piernas.
Don Víctor: Hombre, claro, las piernas femeninas no se veían antaño.
Don Hugo: No quise discutir; le di la razón en lo segundo porque nunca como ahora la mujer ha gozado de unos remos tan bien formados, tan fibrados, tan tonificados y armoniosamente musculados. ¡Y su trabajo les cuesta y su mérito tiene!
Don Víctor: Pero le digo yo, don Hugo, que no para ahí la cosa porque todo el resto va en consonancia, por mucho que le pese a Isidro…
Don Hugo: Lo que antes parecía patrimonio exclusivo de las féminas germánicas, con un cuerpo tan membrudo, con una estructura ósea ancha como de estatua clásica…
Don Víctor: … pero sin las redondeces de ésta.
Don Hugo: … más angulosa en definitiva, constituye ahora el canon de belleza hacia el que se acercan también las mediterráneas.
Don Víctor: Es que el cuerpo no deja de ser una declaración de intenciones. Ya dijo Baudelaire que la idea que el ser humano se hace de lo bello, acaba por imprimirse en su atavío, su ropa, su gesto e incluso en los rasgos de su rostro: «acaba por parecerse a aquello que querría ser».
Don Hugo: Tiende la mujer a una belleza masculinizada…
Don Víctor: Sí, procurándose unas espaldas más anchas, caderas más escurridas, el pecho más exiguo, el cuerpo más esbelto…
Don Hugo: ¡Y mire usted todo lo que ha crecido!
Don Víctor: En definitiva, que no sería descabellado hablar de una belleza femenina andrógina, al menos por comparación con la de antes.
Don Hugo: Para mí, que el siglo XXI consagra de nuevo, y esta vez a escala universal, el ideal que ya ensayó la antigua Esparta.
Don Víctor: El cuerpo de Elena… ¡y ardió Troya!
Don Hugo: Todo está más adentro, don Víctor. Ya empezaron a vislumbrarlo Rilke, Zweig y nuestro Josep Pla, al percatarse de que la mujer escandinava era más autónoma, más emprendedora, más desprejuiciada y deportiva, que todas las que habían conocido hasta entonces.
Don Víctor: Desde el momento en que salieron a la calle con pantalones George Sand y luego Coco Chanel y Marlene Dietrich, la mujer decidió tomar las riendas de su vida.