
Don Hugo: Fue enterarme de que era sevillana y ya la miré con otros ojos. ¡Qué injustos somos sin reparar en ello, don Víctor! De pronto era más graciosa, más penetrante en sus observaciones, con más acervo cultural… ¡hasta más guapa!
Don Víctor: ¡Y era la misma que era, aquélla a quien llevaba usted tratando varias semanas! ¡Ay, don Hugo, esto de los prejucios según el origen de cada uno…!
Don Hugo: ¡Qué pícaro no ha de alardear de sus oprobiosos orígenes: su madre es indefectiblemente prostituta y su padre, desconocido, en el mejor de los casos!
Don Víctor: Hay en él una necesidad de humillarse para así, desde su inalcanzable bajeza, inmunizarse frente a la malevolencia de los demás…
Don Hugo: No puede deshonrarse más y eso le vuelve invulnerable.
Don Víctor: Así, ahora toda vileza le es lícita.
Don Hugo: Y qué pícaramente Cervantes humilla a su don Quijote haciéndole bueno, noble, enamorado y español.
Don Víctor: ¡Pero, don Hugo, si ésas son las cuatro mejores cualidades que caben en un héroe!
Don Hugo: Sí, sí, español, pero de la menos rancia de sus regiones, de la Nueva Castilla, que hasta hacía un par de generaciones, hablando deprisa, había sido tierra de moros.
Don Víctor: Es verdad, y enamorado… como quien dice por poderes o de oídas de una alta dama caballera en un pollino.
Don Hugo: Creo que me va comprendiendo usted, don Víctor… ¿Noble? Sí, pero del más bajo estrato, que antes le constriñe por todo lo que le prohíbe, que le aprovecha por cuanto no posee.
Don Víctor: ¿Y quién más bueno que él sino que todas sus proezas vengan a parar en golpes, molimientos, descalabros y todos los ridículos imaginables?
Don Hugo: Lo que le digo, don Víctor… ¡pícaro Cervantes y pícara nuestra condición humana!… que no ve en su Redentor sino un galileo, y no un judío; un carpintero, y no un sacerdote; encima amigo de las rameras, y no de las altas damas de una asociación benéfica… y, claro, al final nos lo condenan por delincuente.