
Don Hugo: Ya se habrá enterado usted, don Víctor, de que se nos ha muerto el bueno de Dupré….
Don Víctor: Sí, ya me lo comunicó Lopetegui… y bien que lo he sentido, no sólo por lo buena persona que era, sino porque me ha faltado darle una explicación e incluso pedirle disculpas.
Don Hugo: ¿Usted, don Víctor?… ¡Si siempre se llevaron de maravilla!, lo cual era fácil con Dupré por lo educadísimo y atento que era.
Don Víctor: Es una cosa a propósito de los apellidos españoles.
Don Hugo: ¿Qué nadería va a ser ésa?… Dupré pronunciaba mal y siempre se le resistieron las jotas y nuestro acento llano, pero no se apure, que nunca dejó de agradecer sinceramente que le corrigiéramos.
Don Víctor: No es eso, don Hugo, es que me propasé cuando me habló de la influencia mora no sólo en nuestra literatura, sino en nuestras costumbres y nuestra idiosincrasia, especialmente en lo tocante a la posición social de la mujer…
Don Hugo: Claro, nuestros cafés llenos de hombres, la ausencia de mujeres profesionales o con estudios, y todas esas cosas… ¡pero eran otros tiempos!
Don Víctor: Yo le salí con aquello de que la mujer española no pierde su apellido al casarse y que todos nos llamamos con el apellido de nuestro padre y de nuestra madre…
Don Hugo: …pero, don Víctor, si eso es la pura verdad y no pueden decir lo mismo en otros países…
Don Víctor: Él quedó apabullado ante aquella evidencia y se avergonzó tanto que llegó a pedirme disculpas y a insinuar que, como reacción al enemigo islámico, habíamos defendido con ello más que nadie la dignidad de la mujer; y que retiraba todo lo dicho.
Don Hugo: ¡Qué interesante!… Fíjese usted que no he conseguido encontrar todavía nada sobre esto de nuestros apellidos en Américo Castro, pero para mí que ha de tener que ver con la necesidad de demostrar nuestra pureza de sangre, que no en vano la condición de judío se transmite por vía materna.
Don Víctor: Eso es lo que no se me ocurrió entonces, aturdido por mi triunfo dialéctico sobre semejante eminencia… Lo he pensado muchas veces después y he desperdiciado, tal vez por pereza o por vergüenza, otros encuentros que tuvimos luego.
Don Hugo: Como que yo pienso que esto que tenemos los españoles de hablar tan alto es también por demostrar que no nos traemos secreteos ni confidencias de judaizantes y que cualquiera puede oír lo que hablamos.
Don Víctor: Es que creo que también a Dupré lo apabulló el volumen de mi voz con que quise dar vehemencia a mis argumentos.
Don Hugo: ¿Y esta obsesión tan nuestra por comer el cerdo de todas las maneras imaginables, en todas las ocasiones e incluso entre horas -que no se da en ningún otro lugar del planeta-, no responde a lo mismo, a que no hay en nosotros ni rastro de moro ni de judío?
Don Víctor: ¡Cuánto nos alababa siempre nuestro jamón el pobre Dupré!
Don Hugo: ¡Anímese, don Víctor, que no hay mal que por bien no venga!… Tenemos la más deliciosa charcutería del mundo y hemos depurado la mejor raza porcina de la Historia!