
Don Hugo (cantando): «Señora, señora, parece mentira, parece mentira»… Hacía tiempo que no la escuchaba y he decidido que me gusta más que cualquier opereta vienesa. Prefiero la música de Vives a la de Lehár y los chascarrillos de Perrín y Palacios a las soserías de Willner, Bodanzky y Stein.
Don Víctor: ¡Cómo eran antes las cosas, don Hugo! La Generala era la esposa del general y lo mismo rezaba para la médica, la sacristana, la alcaldesa…
Don Hugo: Por algo se han resistido tanto las francesas a apearse de «juez», «médico», «ingeniero», «profesor», «arquitecto»… aunque ya empieza a cambiar la cosa, como en España. Fíjese usted que se llegaba a decir «la abogado», siendo como es la Virgen «abogada nuestra».
Don Víctor: Sin embargo, desde tiempos remotos, hubo algunas profesiones desempeñadas también por las mujeres con plena aceptación y reconocimiento. Por eso me llama la atención que ya no podamos decir «la poetisa Safo», sino «la poeta»…. ¿Acaso alguna vez fue la poetisa la mujer del poeta y la actriz, la mujer del actor?…
Don Hugo: Yo creo, don Víctor, que aquí se están extralimitando.
Don Víctor: ¡Cuánto daría ahora mismo por trasladarme a la Laconia del siglo VII antes de Cristo y pedirle a Megalóstrata, aquella poetisa espartana a la que se reconoció el privilegio de hablar en público, su opinión sobre esta cuestión!
Don Hugo: Y si Megalóstrata no se pronunciara, siempre podríamos dirigirnos a Clitágora, que gozaba de idéntico derecho y que a mí me da que sería algo más locuaz…
Don Víctor: Sí, quizás no fuera tan lacónica…