Fiebre

Don Hugo: ¡Vaya por Dios, podemos pasar!… Me temo que ni usted ni yo tengamos fiebre, don Víctor…

Don Víctor: Querrá decir usted más bien: ¡afortunadamente!… encima de que nos hemos olvidado las mascarillas, sólo faltaba que nos presentáramos con fiebre…

Don Hugo: Insisto, don Víctor: ¡Lástima que no tengamos calentura!… ¿No recuerda usted aquellos versos de Rilke en que la Dama Negra le pregunta al Paje: «¿Te sientes enfermo?»

Don Víctor: Sí, y éste le contesta: «Lo estuve a menudo cuando era niño. Recuerdo que me deleitaban mis fiebres: en ellas aprendí a interpretar las cosas antes de saber lo que eran»…. Es verdad, don Hugo: la fiebre, por interpretativa, es pura poesía.

Don Hugo: Iré más lejos: es también droga y onirismo por la distorsión espacio-temporal que imprime a la realidad. ¡Es fantasía que anima lo inanimado y nos produce visiones!

Don Víctor: Recuerdo también cómo los personajes tan atormentados de Dostoievski, tras una convulsión psíquica, suelen dar en fiebres muy altas.

Don Hugo: Clara somatización de un conflicto interno. Y, sin embargo, fíjese usted, don Víctor, en que, hasta donde yo alcanzo, Freud no se refiere a la fiebre, lo cual no deja de sorprenderme dadas sus concomitancias con el sueño.

Don Víctor: Hay otra fiebre, don Hugo, que es la que más ha hecho escribir: la amorosa. La amada de «El Cantar de los Cantares» está casi negra de tanta fiebre de amor como la requema por dentro… Por otra parte, como tal enfermedad la trata Ovidio.

Don Hugo: Es cierto. El poeta narigudo establece que la extinción de la pulsión erótica se verá indefectiblemente truncada si el sujeto receptor se aproxima antes de la finalización del proceso a la fuente estimular, con la funesta consecuencia de exacerbar esa conducta que se pretende eliminar.

Don Víctor: Sí, está claro: «Si te apresuras en volver antes de la completa curación, te sentirás más febril, más ardoroso y habrás agravado lo males que padeces».

Don Hugo: Es que no hay peor cosa que el refuerzo intermitente.

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