
Don Hugo: Empezaré mi alegato invocando la autoridad del Marqués de Sade.
Don Víctor: Me parece bien; puesto que es un autor ilustrado, sólo cabe esperar de él pensamientos responsables que propicien nuestro acuerdo.
Don Hugo: Cito: «El destino de la mujer es el de la perra o la loba; ha de pertenecer a todos cuantos la requieran» y «Una mujer no ha de tener otra ocupación, otro deseo, otra finalidad que la de ser jodida. Durante todo el día».
Don Víctor: Según eso el Estado habría de establecer «casas de vicio» obligatorias en que las mujeres tuvieran que entregarse a todo aquel que las solicitara. También, el amor habría de ser prohibidido por egoísta y artificial; y, por último, ser proclamada oficialmente la mujer inferior al hombre.
Don Hugo: Claro, tenga usted en cuenta que, como buen ilustrado, Sade busca la felicidad común.
Don Víctor: Obviamente, hemos llegado al verdadero origen y fundamentación de los argumentos a favor de la prostitución y una vez más las Luces nos han aclarado la cuestión: ni que decir tiene que los principios enunciados por el Divino Marqués son abominables y, por tanto, le propongo que acordemos abolir inmediatamente la prostitución como el más execrable de los delitos.
Don Hugo: ¿Y piensa usted, don Víctor, que esto mismo no se le ha ocurrido a nadie antes que a usted? ¿Por qué se cree que, durante siglos y milenios, distintos regímenes, serenísimos senados, soberanos y príncipes de la Iglesia, partidos políticos, se han transmitido indefectiblemente esa patata caliente sin llegar a resolver nunca el problema?
Don Víctor: Acaso porque nunca haya estado tan madura la sociedad como hoy en día, una vez que hemos asimilado unánimemente la igualdad entre los sexos.
Don Hugo: Todo eso está muy bien, don Víctor, pero nuestro momento lo hace precisamente más imposible que nunca porque ésta es la civilización más civilizada de la Historia y le recuerdo que la civilización echa sus fundamentos en la represión de la líbido, condenándonos a la infelicidad permanente. La sociedad y sus miembros enloquecerían si no hallaran una mínima válvula de escape a la represión de los instintos mediante los sueños, la imaginación y… ¡la prostitución!, única posibilidad para el desfogue de una necesidad perentoria por fisiológica y puramente animal.
Don Víctor: Sí, don Hugo, pero ¿no le parece que la caída de los rigores religiosos, la liberalización de las costumbres, la creciente, tolerada y alentada promiscuidad, la proliferación gratuita de la pornografía, vienen a aliviar esa carencia?
Don Hugo: Sí, al tiempo que la exacerba, don Víctor. Además, la prostitución ofrece el atractivo de la transgresión, del secreto y, sobre todo, la consecución y satisfacción inmediatas del deseo.
Don Víctor: Sin embargo, mal que le pese a quien se sienta infeliz, una abominación tan grande habrá de ser perseguida como un delito. También el que no tiene es infeliz y no por ello se permite el robo.
Don Hugo: Insisto, don Víctor, en que la pulsión sexual, por insoslayable, ha de ser regulada, garantizando en lo posible la seguridad y la libertad de la prostituta. Ya sabe usted además en qué acaban las leyes secas: en potenciar verdaderos imperios del crimen y en multiplicar aquello que se pretendía erradicar.
Don Víctor: Cada diez años, don Hugo, me saca usted el tema. Esta vez ha sido con el pretexto del lupanar de Pompeya. ¿Está seguro de que vamos bien por aquí?
Don Hugo: Se le va a usted el santo al cielo, mirando el Vesubio. ¿Es que no se ha fijado en las señales que hay en el pavimento?