
Don Víctor: Caramba, don Hugo, ahora caigo en que nuestro amigo Friedrich ya tuvo, en pleno Romanticismo, la premonición del Valle de los Caídos…
Don Hugo: Cómo contradecirle, don Víctor, cuando igualmente una y otra obra empequeñecen lo sublime de la Naturaleza.
Don Víctor: Y bien que Friedrich expresó esa desmesura de la Naturaleza hasta en alguno de sus más modestos dibujos…
Don Hugo: … así como, al lado del Valle de los Caídos, Herrera tenía plantado su monasterio en todo acorde con la grandeza del escenario.
Don Víctor: Claro, don Hugo, es que a fin de cuentas la cultura oficial del franquismo era la negación del siglo XX y la vuelta a lo más mojigato que tuvo el XIX.
Don Hugo: ¿No le parece a usted, don Víctor, que también la religión católica se acomodó entonces a las nuevas mujeres burguesas con su triste obligación de ser mezquinas?
Don Víctor: Pues sí, qué duda cabe que les constriñeron la mente con las mismas ballenas que el talle…
Don Hugo: Y la religión acabó por amoldarse a aquellas mujeres, como los negocios a los hombres. Como declara el ama en “La rosa del azafrán”, que “la mujer, rica o pobre, nunca sabe dónde manda”.
Don Víctor: Ya lo dijo de Gaulle cuando vino a ver a Franco, que qué hombre tan viejo…
Don Hugo: Como viejos y revenidos nacieron sus monumentos.
Don Víctor: ¡Qué pocas veces se dio curso a proyectos como el musculoso racionalismo de Sindicatos o la rotunda águila de Moncloa, la del monumento a los aviadores, tan ceñuda, tan apretada, tan compacta y tensa como una bomba a punto de saltar por los aires y llevarse lo que haga falta por delante, aunque sea el mundo entero!
Don Hugo: Parece como si el único criterio estético del Generalísimo hubiera sido el de su voz de tiple… ¿No le llamábamos “doña Francisquita”, de estudiantes?
Don Víctor: Sí, todo lo atipló… quitó la sal tanto al rústico requeté como al más vesánico de los fascistas.
Don Hugo: Al juntarlos en el Movimiento, les desactivó su potencia explosiva.
Don Víctor: ¡Vaya cóctel! El anti-Perico Chicote.