
Don Víctor: Quería que usted mismo lo viera en persona, ahora que los han puesto juntos para su restauración.
Don Hugo: El Adán de Durero, sí, y… pero ¡esta birria!… ¿de quién es?
Don Víctor: Ya ve usted, de Cranach el Viejo.
Don Hugo: Pero ¿cuál de los dos era Adán? ¿El guapo o el canijo?
Don Víctor: Lo peor del caso es que son dos pinturas contemporáneas. Sin embargo, fíjese usted, don Hugo, uno lee las historias del arte o los textos del comisario de la exposición y ¡resulta que son igual de buenos el uno que el otro!
Don Hugo: A otro perro con ese hueso… Durero le lleva una ventaja de dos siglos a su pobre compatriota.
Don Víctor: Lo que es ir a Italia, aprender del arte clásico, pintar carne viva, conocer la belleza, sacudirse el polvo de la Edad Media.
Don Hugo: Pues sí, ¡los cuerpos gloriosos!, ¡los de la Resurrección!
Don Víctor: En cambio, este otro, todo pequeñajo, raquítico, malformado… ¡si sólo le falta tener el piojo verde!
Don Hugo: Y además, don Víctor, que no es lo mismo atreverse con un cuadro de gran formato que con otro que es también lambrijo… Por cierto, que dónde está su chica, don Hugo, que le he traído unos bombones de La Pajarita para agradecerle la visita.
Don Víctor: ¿Para qué se ha molestado usted, don Hugo?… Ahora que la niña ha entrado en el taller, podremos volver de vez en cuando a ver qué se cuece en el Museo.
Don Hugo: Quite, quite, que ya que nos hemos colado hasta la cocina, ¡que por cierto es una gloria!, qué menos que este modesto artículo de restauración.
Don Víctor: En todo caso, no tan modesto como Cranach.
Don Hugo: Qué mala uva tiene usted, don Víctor.