Don Ramón y el éntasis

Don Víctor: Estoy convencido, don Hugo, de que no respetaron ni una sola de sus indicaciones y pasaron por alto todas sus precisiones eruditas.
Don Hugo: El caso es que el hombre aguantó mecha y, según tengo entendido, honró el rodaje con su presencia hasta el final.
Don Víctor: No me explico cómo un sabio tan estudioso dejaba correr el tiempo entre técnicos y extras en tediosas repeticiones y esperas.
Don Hugo: Seguro que al final hasta le perdieron el respeto y le embromarían con que siempre estaba en medio y estorbando.
Don Víctor: ¿Se sentiría de alguna manera acompañado en su pasión cidiana…?
Don Hugo: ¡Pasión jimeniana!, diría yo más bien. Para mí que el bueno de don Ramón Menéndez Pidal se aficionó entonces al cine en pos de doña Sofía Loren.
Don Víctor: ¡Sopla! Pues es verdad… ¡Qué mujer! Digno monumento de la tierra campana.
Don Hugo: Pero si es oriunda de la Ciociaria, en el Lacio.
Don Víctor: En efecto, mas, al igual que la columna dórica nace en Grecia y se recría en la Magna Grecia, la Loren floreció en aquella misma región.
Don Hugo: Se planta majestuosa, imponente y rotunda… ¡Qué éntasis, don Víctor!
Don Víctor: Admirable éntasis acentuado por el fino talle…
Don Hugo: … y también por las volutas que hay arriba.
Don Víctor: ¿Entonces usted piensa, don Hugo, que a nuestro severo y profesoral asesor histórico le pasó lo que al viejo sátiro de Rodin que tan hechizado quedó con aquella troupe de bailarinas camboyanas?
Don Hugo: Como que las estuvo siguiendo por toda Francia hasta verlas embarcadas de vuelta a su tierra en el puerto de Marsella.
Don Víctor: Pues las camboyanas, de éntasis… ¡poco!

Deja un comentario