Exoneraciones de la carne y el espíritu

Don Hugo: Entonces, según usted, don Víctor, los arqueólogos han hecho mal no borrando estos antiguos graffiti de Pompeya.
Don Víctor: De ninguna manera, don Hugo, eso no se toca. No tenemos derecho a destruir estos testimonios de la vida cotidiana de los antiguos. Ahora, sí que me habría parecido bien que en su momento los ediles los hubieran eliminado.
Don Hugo: Reconozca que usted prefiere encontrárselos ahí, espontáneos, burdos y hasta soeces, pero con el temblor de la vida auténtica.
Don Víctor: Lo que usted quiera, pero a mí me tiene muy fastidiado el graffitero de mi barrio, con perdón de los arqueólogos de tiempos venideros. ¿No podría reservar todas esas maravillas para decorar exclusivamente el interior de su casa sin imponernos a los demás semejante degradación del espacio público?
Don Hugo: No todos lo ven así pues ¿qué me dice usted del hecho de que después de tanto perseguir al incansable Muelle que emborronó todo Madrid, Álvarez del Manzano, al final, elevara a pieza de museo un ejemplar de su extravagante firma en espiral?
Don Víctor: Al fin y al cabo no es más que una mamarrachada más en un centro público de arte contemporáneo. Con tal de que se hayan retirado de la vista los otros cien mil ejemplares, lo doy por bueno.
Don Hugo: Qué benévolo está usted hoy, don Víctor… Aprovecharé para someter a su juicio otro caso… éste en un ámbito fronterizo entre lo público y lo privado: los letreros de las letrinas de bares y facultades… No me negará usted que es algo abrumador y feísta…
Don Víctor: … pero que muy decorosamente se ciñe al acotadísimo espacio de las cabinas de los retretes, como por otra parte las exoneraciones que allí tienen lugar.
Don Hugo: Entonces, ¡usted los exonera!
Don Víctor: Pues sí señor y le daré un argumento de autoridad: lo que aconteció al buen caballero don Giacomo Casanova en sus andanzas por Suiza.
Don Hugo: Por ahí no paso, don Víctor. En Suiza no hay graffitis.
Don Víctor: Salvo por dentro de la puerta de los wáteres, don Hugo. Allí encontró el aviso que le salvó de contraer unas pestilencias venéreas: un letrero rezaba que la criada con la que iba a mantener una de sus conversaciones secretas, contagiaba ya no sé cuál de los males que se siguen de tales tratos.
Don Hugo: ¡Queden entonces libres de todo cargo esos graffiti tan preservativos!… y con ellos cuantos los acompañen, por si acaso.

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