
Don Víctor: Es ver aquel yate solo en el mar y me imagino al doctor Capellanes, tan dado al «solipsismo radical» de sus singladuras.
Don Hugo: ¿Quién, don Víctor, aquél que le operó?
Don Víctor: Dos veces ya y voy camino de la tercera. ¿Sabe usted, don Hugo, que tiene la consulta ambientada como el camarote de un capitán de barco?
Don Hugo: Sí, ya… pero, ¿es verdad que recibe a los pacientes con gorra de marino?
Don Víctor: Hombre, a tanto no llega; lo que sí le puedo decir es que a sus enfermeras las llama «grumetes».
Don Hugo: Y tanta chaladura, ¿a qué viene?
Don Víctor: Muy sencillo, a que su clínica es un navío que surca el proceloso océano de la ciencia… y para él no es cosa de broma. ¿Sabe usted lo que les dice a los camilleros? … «En las puertas, cuidado con este paciente que tiene mucha eslora»; a mí me recomendó que adelgazara un poco porque tenía demasiada manga.
Don Hugo: Sí, vamos, que a la cabeza la llama «proa» y a los pies «popa»…
Don Víctor: Ha dado usted en el clavo. Y hay dos pulmones: el de estribor y el de babor.
Don Hugo: Qué sugestiva es la imagen de una vela solitaria en la inmensidad del mar…
Don Víctor: Lo que el doctor Capellanes canturrea mientras opera: «Al ver en la inmensa llanura del mar…»