
Don Hugo: Lo primero de todo, don Víctor, dígame usted dónde estamos exactamente y quién es este buen señor.
Don Víctor: No se ha fijado usted, don Hugo, en que se trata del marido ya machucho y evidentemente cornudo…
Don Hugo: ¿francés?…
Don Víctor: Claro, pintado por Fragonnard.
Don Hugo: ¿Y esas cuerdas que maneja?…
Don Víctor: Las del columpio desde donde su joven esposa enseña lo que debiera guardar para él.
Don Hugo: Nunca me había fijado en este rincón…
Don Víctor: Hombre, claro, usted bien que miraría para arriba, como todos.
Don Hugo: Este cuadro queda entre el erotismo y la pornografía light; hace imaginar aunque no muestre nada.
Don Víctor: Tenga usted en cuenta que en la cabeza de los espectadores de la época estaba el conocimiento de que bajo la falda no había ropa interior…
Don Hugo: ¡Atiza!
Don Víctor: … a no ser que se tratara de una criada, que ésas sí que iban vestidas por dentro para interceptar las manos largas de los señores.
Don Hugo: Cuántos casos se han seguido dando de estos abusos prepotentes de los señoritos con las sirvientas.
Don Víctor: No sé, don Hugo, si he llegado a contarle alguna vez la anécdota de mi tío Benedicto que…
Don Hugo: ¿Cuál, aquella de «Polo Norte, mucho frío; Polo Sur, mucho calor»?…
Don Víctor: No, esta otra: una noche, concluido el trajín de la cocina y cuando la casa se quedaba ya en calma, se oye un estruendo en el pasillo. Allí está el tío en el suelo, panza arriba, con una silla rota al lado, a la puerta del dormitorio de las criadas.
Don Hugo: No diga usted más, don Víctor. Conozco un caso parecido en mi familia. ¿A que se había subido al respaldo de la silla para mirar por la lucerna cómo se desnudaban las chicas?