
Don Hugo: ¿Es usted clásico o romántico, don Víctor?
Don Víctor: Esta vez sí que me pone usted en un brete, don Hugo. A mí me gusta lo equilibrado, lo armonioso, en suma…
Don Hugo: Parece entonces que la cosa se define.
Don Víctor: Me gusta la nobleza en las creaciones del arte; me gusta lo bello que es a la vez lo verdadero; me gusta lo eterno, lo imperecedero.
Don Hugo: Más claro, agua. Es usted un clásico como la copa de un pino.
Don Víctor: Pero… y esta manera de vivirlo tan cargada de emoción, este anhelo y esta lacerante ansiedad ante la carencia de todo ello… imposible de colmar… ¿no es puro romanticismo?
Don Hugo: Parece, en efecto, romántica esa nostalgia de la clásica Edad de Oro…
Don Víctor: ¿Qué soy yo entonces, don Hugo?… Y, por cierto, ¿usted qué es?…
Don Hugo: Pues ni lo uno ni lo otro, don Víctor.
Don Víctor: Eso , don Hugo, no me lo creo porque no es usted un filisteo.
Don Hugo: Es que yo soy… ¡paleolítico!
Don Víctor: ¿Por qué lo dice? ¿Porque siempre es usted a quien llaman en la familia a la hora de matar bichos?
Don Hugo: Eso además, pero sobre todo porque puedo pasarme mucho tiempo sin comer y me revienta picar entre horas. En cambio, cuando me pongo, me muestro ansioso y como más de lo que debo. No aguanto ni la inactividad ni quedarme en casa, sino que me pasaría la vida merodeando al aire libre. Todo ello, indudablemente, secuela del cansancio de la caverna, tras miles de años de glaciación.
Don Víctor: Claro, tanto tiempo encerrado en casa debe de ser aburridísimo.
Don Hugo: Pues de ahí me viene también esta manía de estar siempre pintando monas. Que si no me diera vergüenza, andaría dibujando monigotes en las paredes.
Don Víctor: Caramba, don Hugo, lo suyo sí que es antiguo… ¡Si es de mucho más rancio abolengo que no lo mío!