
Don Víctor: ¡No paso de aquí! ¡No paso de aquí!
Don Hugo: ¡Calle y venga conmigo, que parece usted el Roberto de «Bohemios»!
Don Víctor: ¿Adónde me lleva usted, don Hugo? Aborrezco el juego y aún más el ambiente del juego.
Don Hugo: La curiosidad científica, don Víctor… ¡la experimentación! Aquí no venimos a jugar sino a conocer.
Don Víctor: Me trae usted al Infierno. Y no precisamente como Virgilio a Dante… ¡Además no tengo suelto!
Don Hugo: No se apure, que invito yo y lleva usted razón en lo del Infierno. Figúrese: este santo claustro es un lugar de recogimiento a salvo del bullicio de la Villa que nos rodea a pocos metros para que desde aquí se eleven las mentes y las almas al Cielo.
Don Víctor: ¿Pero qué me dice usted? ¿Aquí, en medio del repiqueteo de la bola sobre la ruleta, la charanga electrónica de las máquinas tragaperras y el tintineo de las monedas en cascada?… ¿Oración, elevación?…
Don Hugo: ¡Silencio! ¡Un respeto! Nos hallamos en el claustro del convento de San Felipe el Real… aquí lo tiene todavía en pie, en medio de las casas de Cordero, superviviente al incendio de 1718, al saqueo de la francesada y a la desamortización de Mendizábal… aunque ultrajado, eso sí, por estos execrables juegos de azar.
Don Víctor: Ahora veo adónde íbamos a parar, don Hugo. El contraste es admirable y da vértigo. Lástima que tenga que desengañarle: estos sólidos pilares y estas nobles arcadas ya no son los del convento. Todo fue derruido. Estas maquinitas no desmienten, sino que incluso homenajean, muy coherentemente, el origen de esta opulenta arquitectura decimonónica: Cordero levantó sus viviendas de alquiler con el fruto del gordo de la lotería.
Don Hugo: Entonces, don Víctor… ¿tampoco me tiene que gustar?