
Don Víctor: ¿Ésta es la farmacia que fue de su familia?
Don Hugo: Sí, la misma, la de mi pobre tío Cecilio.
Don Víctor: ¿Pobre? ¿Por qué? ¿Tuvo alguna desgracia?
Don Hugo: Era de carácter apocado, sin mucha iniciativa y siempre sus hermanos mayores velaron por él y encauzaron su vida.
Don Víctor: Menos mal; peor podría haber sido.
Don Hugo: Es que lo fue porque acabó la guerra y los hermanos se exiliaron, dejándole indefenso. Si hasta llegó a vender la farmacia para montar una droguería, ¡fíjese usted!
Don Víctor: Hombre, don Hugo, a pesar de lo que pueda sugerir su nombre, es un negocio honrado.
Don Hugo: Sí, don Víctor, pero es que acabó siendo el títere de su empleado, don Pascual. Si hasta las dependientas le tenían miedo a don Pascual y no al dueño.
Don Víctor: Eso es ya más grave.
Don Hugo: Tanto es así que don Pascual, arrogándose una autoridad que no le correspondía, supervisaba el trabajo de cada cual; se llegaba también adonde mi tío elaboraba aún específicos y, dándole unas palmaditas en el hombro, le decía, aprobador: «Veo que se le puede dejar solo, don Cecilio».
Don Víctor: Y bien solo que le habían dejado sus hermanos.