El barbero de Panticosa

Don Hugo: Ya estamos en Panticosa, don Víctor. Ve usted cómo, total, diez kilómetros tampoco es para tanto.
Don Víctor: ¡Por fin, don Hugo!… ¿Seguirá todavía la barbería de la que hablaba mi padre?
Don Hugo: ¿Tiene fama la barbería de Panticosa? Pues, si quiere usted, nos hacemos la barba ahora mismo y de paso descansamos un rato.
Don Víctor: No, es que contaban del barbero que se tenía por muy higiénico.
Don Hugo: ¡Cosas de aquellos tiempos: la obsesión por la higiene de principios de siglo!
Don Víctor: Pues decía este hombre que ni en su establecimiento ni en su instrumental había microbios: sumergía navajas, tijeras, peines y maquinillas en agua hirviendo y así los ahogaba a todos…
Don Hugo: … y de paso los escaldaba…
Don Víctor: … pero lo mejor es que por si acaso alguno le salía resistente, luego apretaba bien la navaja por los dos lados contra la correa y lo aplastaba bien «aplastadico».
Don Hugo: Qué bien pensado. Así se ahorraba el autoclave de las barberías de la capital.

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