Obscenos

Don Víctor: Mire usted, don Hugo, lo que dice Kerry. Le parece «obsceno» que Al -Assad recurra a las armas químicas.
Don Hugo: De qué se me escandaliza usted, don Víctor, si eso está a la orden del día. ¿No llaman también «obscenidad» a la ostentación de riqueza en determinadas circunstancias?
Don Víctor: ¡Es verdad! También resulta ahora que, por ejemplo, un defraudador del fisco es «deshonesto», aunque nadie le haya pillado nunca ni en flagrante adulterio ni exhibiendo las posaderas.
Don Hugo: Al fin y al cabo lo obsceno es lo obsceno y no otra cosa, sea bueno o sea malo.
Don Víctor: ¿Lo obsceno, bueno?…
Don Hugo: Pues sí, don Víctor, le hablo de lo obsceno como antídoto de la vulgaridad. Piense, por ejemplo, qué sería la Commedia dell´Arte sin obscenidad…
Don Víctor: Tiene usted razón… ¡el pelmazo de Goldoni!
Don Hugo: ¿Y Marcial y Juvenal?
Don Víctor: No los censuremos, que nos quedamos sin ellos y sin todo lo que nos han enseñado sobre la triste naturaleza humana.
Don Hugo: ¿Y Restif de la Bretonne?
Don Víctor: Él puso las sombras que completaban aquel cuadro feliz de los ilustrados.
Don Hugo: ¿Y Bataille?
Don Víctor: Sólo él pudo llevarnos tan lejos en el viaje del amor y la muerte.
Don Hugo: Pues quien dice Bataille, está nombrando a su padre, el marqués de Sade: la obscenidad en él no es más que un medio de liberación del ser humano ante la convención, la tradición y el dogma aceptado acríticamente.
Don Víctor: Tiene usted razón, don Hugo. Si despojamos a Sade de lo escandaloso, encontraremos a un filósofo que nos exige dejar de fingirnos inocentes y asumir nuestra responsabilidad de ser pensante.
Don Hugo: ¿Obsceno? ¡Sí!… ¿Vulgar? ¡Nunca!

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