
Don Hugo: La verdad es que, en el fondo, era una lata, pero sí es cierto que barajaba y ponía en contacto a mozos de todo pelaje y procedencia.
Don Víctor: Qué duda cabe, don Hugo, que eso de abolir las clases sociales, aunque sólo fuera durante la mili, tenía su lado bueno. Era una cura de humildad para los poderosos y dignificaba a los de abajo.
Don Hugo: Semejante convivencia daba lugar a situaciones chuscas, que de otra manera uno no habría vivido nunca. Yo tuve un sargento que nos explicaba balística. Afirmaba que las balas, de no alcanzar su objetivo, venían a caer al suelo por la ley de la gravedad; pero que, aun no habiendo ley de la gravedad, caerían igualmente por su propio peso.
Don Víctor: ¡Toma ya, Newton!
Don Hugo: Había otro que nos anunció una variación en el rancho: de garbanzos pasábamos a lentejas. «¡Qué bien!», exclamó un recluta, «porque tienen mucho hierro». «¡Eso será en su casa», replicó el sargento, «que aquí bien que las limpiamos!»
Don Víctor: En mi compañía nos tocó uno que enseñaba a limpiar el Mauser. Nos decía que había que dejarlo como los chorros del oro. ¿Que cómo? «Pos, dandole, dandole, hasta que rezula»-
Don Hugo: Pues, qué dirá usted, don Víctor de aquél que nos cantaba las excelencias del deporte…. Según él, lo inventaron los romanos y le concedían tanta importancia que llevaban la palabra SPOR en los estandartes de sus legiones; y, que por ser tan deportistas, conquistaron el mundo.
Don Víctor: Eran tiempos mussolinianos…