Pompilio

Don Hugo: Antes sólo teníamos a Pilar Careaga, ingeniero industrial, alcaldesa de Bilbao, Procuradora en Cortes y si se terciaba, maquinista de locomotoras.
Don Víctor: Sólo le faltaba levantar piedras como a la hermana de Urtain…
Don Hugo: La excepción que confirma la regla en un país de mujeres de pata quebrada y en casa.
Don Víctor: Si quieres trabajar, ¡a pedir permiso al padre!
Don Hugo: Que quieres abrir una cuenta bancaria, ¡a pedir permiso al marido!
Don Víctor: Que te cae una herencia, ¡a pedir permiso también!
Don Hugo: Que te lías con un maromo que no es tu esposo, ¡a la cárcel!
Don Víctor: Ahora, que tu marido se lía con otra, ¡exonerado!
Don Hugo: Que aspiras a ser juez, pero ¡mujer!, eso es incompatible con la dulzura de tu sexo…
Don Víctor: Sí, todos los criminales campando a sus anchas por ahí…
Don Hugo: Y el caso, don Víctor, es que, sin que nadie les mandara y como la cosa más natural, empezaron a soltarse el pelo a despecho de San Pablo, a llenar las aulas…
Don Víctor: Como que ahora, don Hugo, todos los médicos son médicas, todos los jueces, juezas y todos los catedráticos, catedráticas.
Don Hugo: ¿Dónde quedaron aquellas palabras del buen profesor don Luis Romero que, acosado por una mamá obstinada en que aprobara a su hija, contestó que qué más daba pues «desengáñese usted, señora, la carrera de la mujer es casarse».
Don Víctor: Cuánto no le castigaría Dios que no había manera de casar a su hija.
Don Hugo: Lo logró al fin, al cabo de muchos años, de mucho esfuerzo, de mucha entrega y de tantísimos intentos fallidos, encontrando a aquel ingeniero de minas tan feo. No dieron con otro mejor.
Don Víctor: Tan poco agraciado era que, llamándose Publio, le decían Pompilio.

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