Gallos y mugidos

Don Hugo (cantando): Sparafucil mi nomino…
Don Víctor (cantando): Muta d´accento e di pensier, e di pensier, e di pensieeeer!
Don Hugo: ¡Vaya gallo, don Víctor! ¿Por qué se empeña usted, hombre de Dios, en cantar partes de tenor?
Don Víctor: Pues anda que usted, don Hugo, con su Sparafucile… si me daban ganas de llevarle corriendo a la casa de socorro. ¿Ya ha recobrado usted el resuello que perdió en el fondo de la mina?
Don Hugo: Tiene usted razón. Si en el fondo tanto usted como yo sabemos que somos barítonos, ¿por qué demonios empeñarnos en escorarnos hacia otras tesituras?
Don Víctor: Yo creo que nos atrae lo que no somos. Llevamos tantos años siendo adultos que querríamos disimular el cinismo, la maldad y el espíritu vengativo que el maestro Celletti atribuye a la cuerda de barítono.
Don Hugo: Eso significa, don Víctor, que usted añora la lejana juventud, lo propio del tenor… claro, eso es muy bonito: «purezza del sentimento amoroso e, insieme, generosità e giustizia nelle rivendicazioni di libertà…»
Don Víctor: ¡Pero si se lo sabe usted de memoria!… Entonces, usted que se obstina en ser el más profundo de los bajos, ¿es un forofo de la autoridad paterna o sacerdotal, la sabiduría del consejero…?
Don Hugo: Sí, sobre todo porque simboliza también, «in qualche caso, una tenebrosa protervia a sfondo satanico».
Don Víctor: ¡Vamos, que es usted un infame!
Don Hugo: Calle usted, don Víctor, que lo suyo es pura regresión… (cantando:) El negro, drumi que drumi; el blanco, vela que vela…
Don Víctor (cantando): ¡Juradme, juradme, que ninguno la ha de hacer llorar!

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