Charlestón bizantino

Don Víctor: Yo no lo veo ni tan hierático ni tan absorto, don Hugo, con todas las salvedades de la convención de su época.
Don Hugo: Sin embargo, don Víctor, no alcanzo a ver verdaderas mujeres en el cortejo de Teodora. Se me antojan solemnes palos de escoba.
Don Víctor: Entorne los ojos y abandónese al cabrilleo de esas teselas de caprichosos brillos…
Don Hugo: Le concedo que me sumerjo en un firmamento estrellado y titilante.
Don Víctor: Pero más colorido. Es el color del día, recreado en el misterio de la noche.
Don Hugo: Claro, pero esas caras tan congeladas…
Don Víctor: Mire mejor los bordados de los vestidos, imagine la riqueza de las telas orientales; descubra los matices de sus tonos…
Don Hugo: Siga, don Víctor, que me está usted impresionando. ¿Qué tengo que figurarme ahora?
Don Víctor: Pues ya puestos, don Hugo, recorra usted una a una las joyas que las adornan y encumbran, los broches con piedras engastadas, los pectorales y collares, las arracadas y diademas que destellan…
Don Hugo: Es verdad, si hasta esos ojos tan grandes se me van antojando de nácar y azabache… Fíjese en lo que le digo, don Víctor: que suene un gramófono, que se les acorten las faldas a las chicas y ya tenemos la troupe del charlestón.
Don Víctor: Ahora se acerca usted a la verdadera Teodora, que no era un monigote bizantino, sino una bailarina parvenue a lo grande.

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