Con los botines puestos

Don Hugo: Anoche, cuando llegábamos ya a la estación, me recordó usted a Tintín…

Don Víctor: ¿Cómo es eso, don Hugo? ¿Acaso tuve una pesadilla y grité: «¡Chang!»?

Don Hugo: No, lo decía por lo cuidadoso que fue usted al desplegar «Le Figaro» bajo sus zapatos para no manchar la tapicería.

Don Víctor: Me encanta esa viñeta cada vez que les leo a mis nietos «La Isla negra».

Don Hugo: Igualito que don Miguel de Unamuno, fotografiado leyendo en la cama y sin descalzarse los botines embarrados.

Don Víctor: Claro, hasta en eso fue reo de su españolismo, como Galdós de quien he visto otra foto parecida.

Don Hugo: ¿Pero qué queremos? ¿Que se pusieran pantuflas pequeño-burguesas?… ¿No decía Yves Montand que él las odiaba y que en casa seguía llevando los zapatos, que simbolizan la acción y la alerta?… ¿Morir en la cama?… Si no hay más remedio… pero ¡con las botas puestas!

Don Víctor: Sí de acuerdo, pero apuesto a que Montand no ponía los zapatos sobre la colcha…

Don Hugo: Muy bien, don Víctor, pero ¿ha habido acaso pueblo más pagado de su aristocracia guerrera que el japonés?… Y, sin embargo, llegando al hogar, todos se descalzan como si fuera un templo.

Don Víctor: Sí, me vienen a la memoria aquellos borrachos de «Dodes´Ka-den», de Kurosawa, que llevan a otro aún más borracho a su casa y se disculpan ante su mujer por no haberse descalzado con las prisas y lo pesado de la carga.

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