
Don Hugo: Anoche estuvieron en casa los Cuenca y antes de cenar vimos un poco de un dvd que nos regalaron, con Pavarotti en el papel del Duque de Mantua…
Don Víctor: Me parece que ya sé cuál es… uno que rodaron en el Teatro Olímpico de Vicenza.
Don Hugo: No, don Víctor, éste era otro, pero a lo que iba es que a cada agudo de Pavarotti, Isidro se iba hinchando y nos miraba a todos sonriente y jactancioso como si los emitiera él mismo.
Don Víctor: Sí, ya sabe usted cómo es Isidro…
Don Hugo: Pero lo malo es que al final tuvimos que pelearnos y nos riñeron las señoras.
Don Víctor: No debiera usted discutir con Cuenca de estas cosas, don Hugo.
Don Hugo: Estaba tan entusiasmado que no admitía el menor pero y yo… ¿qué quiere usted?… oyendo a Pavarotti con esa voz tan estupenda y ese oído prodigioso, se me antojaba que aquel canto tan superficial, tan rutinario y tan pobre en expresión, era un poco como si el cochero del Duca, envidioso de su señor, se hubiera revestido a escondidas con la ropa de Kraus y se pavoneara ante las criadas.
Don Víctor: Es verdad que el amado Luciano parecía cantarlo todo de oído, todo igual: la napolitana como el «Adiós a la vida»… pero, ¡qué sonido tan glorioso!
Don Hugo: Allí estaba Cuenca que todo lo encontraba insuperable y no daba su brazo a torcer. Acabé cogiendo el dvd y metiéndoselo en el bolsillo de la americana. Ya le digo: ¡como un cochero imitando a su señor!
Don Víctor: Con tal cochero y tal pasaje, ¡ya querríamos usted y yo encaramarnos cual lacayos a la trasera de la carroza!