
Don Víctor: Mire lo que le traigo, don Hugo: el cowboy de madera que me regaló mi madrina cuando tenía cinco años.
Don Hugo: Se lo debería traspasar usted a su nieto Carlitos.
Don Víctor: Sí, para que lo eche a un lado y siga todo el día con sus pantallitas…
Don Hugo: Pues hace mal Carlitos porque el caballo ennoblece.
Don Víctor: Lleva usted razón, don Hugo, empezando por estos vaqueros del Oeste; son gente ruda, pero llamada a crear un nuevo relato épico en un mundo de frontera.
Don Hugo: Como los gauchos en la Pampa, don Hugo. «Martín Fierro» es el «Mío Cid» argentino.
Don Víctor: ¿Y qué me dice usted del charro mexicano?
Don Hugo y don Víctor (cantando): «Yo soooy charro mexicano
Noble, valiente y leal
De su pueblo siempre hermano…»
Don Víctor: No es raro este fenómeno americano. El caballo hizo dioses a los españoles que llegaron a quelllas orillas.
Don Hugo: Mientras en España se apeaba a los nobles de sus caballos y se encumbraba al torrero a pie, allá, en el Nuevo Mundo, era el pueblo el que cabalgaba y el que dilataba el territorio.
Don Víctor: Nuestra revolución popular fue taurina, «desde abajo», como dijera Ortega y no desde la filosofía ilustrada, como en Francia.
Don Hugo: ¡Qué bien lo vio Bizet que hizo enamorarse a Carmen de un matador a pie y no de un picador, como proponía Mérimée!