
Don Víctor: Funciones como la de este «Manojo de rosas» le reconcilian a uno con los directores de escena.
Don Hugo: ¡Maravillosa función!… Qué típico de aquella época que el galán sea aviador, ¿verdad, don Víctor?
Don Víctor: Todos los chicos, entonces, queríamos ser aviadores…
Don Hugo: Cómo nos fascinó el vuelo del Plus Ultra y aquellos otros, heroicos, que cruzaban los océano y saltaban de continente a continente.
Don Víctor: De niño me impresionó muchísimo cuando mis padres me llevaron a la playa de la Concha en San Sebastián para que admirara las acrobacias de un aviador italiano. El pobre acabó estrellándose contra el mar y, aunque sobrevivió, publicaron que había perdido todos sus dientes.
Don Hugo: El vuelo es, según Freud, una expresión del orgasmo… Mire, precisamente, el otro día, lo cotejaba con esta frase de Valle Inclán: «Ocupan la carlinga alegres oficiales, locos del vértigo del aire, como los héroes de la tragedia antigua del vértigo erótico».
Don Víctor: ¡Acaban de iluminarme Freud y usted mismo, don Hugo, sobre la fascinación que ejercían en Mussolini los aviones: «I motori mi danno una sensazione nuova e grandiosa di forza».
Don Hugo: Máquinas, motores atronadores, velocidad que todo lo avasalla… en definitiva, el fascismo: el atropello institucionalizado.
Don Víctor (cantando): ¿Y usted quién es?
Don Hugo (cantando): Mussolini…