
Don Hugo: Yo, de chico, veía esto y me parecía el no va más de la arquitectura, que en adelante las ciudades se harían todas así.
Don Víctor: ¿Se puede usted creer, don Hugo, que mi padre tuvo que prohibirme que escribiera al periódico reclamando el derribo del delicuescente merenguito que sigue ocupando la Sociedad General de Autores?
Don Hugo: Hizo bien su padre, don Víctor. Aquello, por cursi que sea, es un exponente de un estilo y de una sensibilidad… pero, claro, en aquel entonces era lógico que pensáramos así.
Don Víctor: Usted también se equivocaba creyendo que la arquitectura seguiría este nuevo clasicismo lleno de fuerza, de empuje, de tensión, de rigurosísima pureza de líneas, con algo de máquina poderosa… ¡Optimista e implacable!
Don Hugo: Es verdad, después del esculiarismo imperial, incluso a Madrid llegaron los ecos de esa arquitectura anti-arquitectónica que se desmaterializa en transparencias y reflejos… de pintura cubista.
Don Víctor: ¡Vaya plaga! A las cajas de plexiglas de Van der Rohe les suceden hoy amanerados alabeos y torsiones caprichosas que apenas atenúan la monocorde falta de ideas.
Don Hugo: ¿Qué fue de la antigua monumentalidad ante esos edificios cuya leve estructura se exhibe con un apariencia menos consistente que el mobiliario de oficina que contiene?
Don Víctor: Es el desvanecimiento anémico de la arquitectura… Y la proa del Barceló no es sino la de un acorazado encallado.