
Don Víctor: Esa hormigonera gigantesca que le enseñé el otro día cuando fuimos a ver a mi hijo…
Don Hugo: Ya lo sé. Max Ernst: ¡El elefante de las Célebes!
Ahora me toca a mí, don Víctor. Veamos… El cielo camino de la Sierra…
Don Víctor: Cualquiera de los Austrias de caza, pintado por Velázquez.
Me toca a mí: Unos cuantos obreros, evolucionando por un andamio…
Don Hugo: Léger, ¡sin dudarlo!
Me toca: Aquellos picnics en las suaves ondulaciones del Véneto…
Don Víctor: ¡El Concierto de Giorgione!
Esos espigones de bloques de hormigón prefabricados que se alinean mar adentro…
Don Hugo: Un pueblo pintado por Braque o por Picasso cuando los dos pintaban lo mismo.
Paseo en barca por los fosos de un castillo del Loira…
Don Víctor: ¡Las muy ricas horas del Duque de Berry!
Las calles de Madrid destripadas en tiempos de vacas gordas…
Don Hugo: ¡Qué estruendo de martillos mecánicos!… ¡Un Balla o un Giacometti!
Don Víctor: ¿Se da usted cuenta, don Hugo, cómo el arte condiciona nuestra visión de las cosas?
Don Hugo: Sí, nos pone las antiparras de la poesía.
Don Víctor: ¡Como al poeta Hoffmann!
Don Hugo: Tanto es así, don Víctor, que yo siempre compro la botella de cinco litros de Solán de Cabras…
Don Víctor: Ah sí, tan alabada por los urólogos, ¡¿pero?!…
Don Hugo: … porque es octogonal y en cuanto que la veo no tengo ojos para otra marca. ¡Igualita que el Baptisterio de Florencia!