
Don Hugo: Pero a mí la morcilla que siempre me ha encantado es aquélla de Miguel Ligero como don Hilarión. Dice el personaje, viendo bailar a la Casta y a la Susana: “¡Ay, quién tuviera veinte abriles… y lo pasao, pasao!” Añade luego Ligero, o sea el actor: “Bueno, pa pasaos, ¡yo!”
Don Víctor: Y cuánto han estorbado viejos como él en medio de las comedias, que son trasunto de la vida.
Don Hugo: En el fondo, don Víctor, estos viejos barboni, estos don Bartolo, son unos infelices, a los que indefectiblemente burlarán los jóvenes, con la ayuda de un Escapín, que no deja de ser un diablillo primaveral cuya misión es la regeneración de la vida.
Don Víctor: Sí, pero esos pobrecicos infelices no hacen más que contagiar su infelicidad a aquéllos a los que envidian: los jóvenes.
Don Hugo: Se me viene a la memoria lo que afirma Freud respecto al enfermo de sífilis, que, inconscientemente, busca infectar a los demás.
Don Víctor: Sí, sí, don Hugo, lo malo de todo esto es que la comedia, en su recreación idealizada, conjura el peligro, mientras que, por desgracia, en la realidad a menudo se impone la prepotencia del viejo adinerado.
Don Hugo: ¡Como en tantos caprichos de Goya!
Don Víctor: La juventud pertenece a la juventud; por eso, don Hugo, en lo tocante a nosotros, nada de veleidades y ante la menor señal de alarma…
Don Hugo: ¡A quitarse de en medio!