
Don Víctor: Don Hugo, don Hugo, ¡por el amor de Dios!, ¿ha oído usted lo que yo o es que sufro alucinaciones auditivas como Juana de Arco?…
Don Hugo: ¡Santa Juana de Arco, querrá usted decir, don Víctor!
Don Víctor: ¿Se trata de una morcilla de este nuevo párroco o más bien de una nueva modificación en el rito?… ¿Hemos pasado entonces del “la sangre que fue derramada por vosotros y por todos los hombres” a “la sangre que fue derramada por vosotros y por muchos”?
Don Hugo: Ha oído usted bien. Si el otro día lo justificaba un artículo del “Alfa y Omega”…
Don Víctor: Ah, pues explíqueme usted esas justificaciones, a ver si es que ahora somos calvinistas y, más allá de esos “muchos”, quedan otros predestinados a condenarse.
Don Hugo: No, si no había quien entendiera aquel galimatías. Lo leí tres veces y quedé tan perplejo tras la tercera lectura como tras la primera. Soy incapaz de reconstruirle un solo argumento. ¡Mañana mismo se lo traigo, a ver si usted…!
Don Víctor: ¡Ni se le ocurra, que no quiero caer en depresión! Quémelo usted como habría que hacer con los escritos de Lutero, Calvino, Jansen y Melanchton!
Don Hugo: Acaso quieran avisarnos de que no contemos con un aprobado general, que por mucho que Cristo derramara su sangre, no todos nos vayamos a salvar…
Don Víctor: Pues si es así, nos toman por unos zoquetes y al que se le haya ocurrido la fórmula, es más zoquete todavía porque nos da a entender que la sangre de Cristo, el vino con que comulgamos, ¡ese Vega Sicilia!, no es para todas las bocas.
Don Hugo: ¡Ya lo he entendido, don Víctor!, que si a alguno no le gusta el vino, pues que no tiene obligación… pero, vamos, para mí… ¡que hay sangre para todos!