
Don Víctor: Me ha parecido muy bien, don Hugo, todo eso de allí abajo, incluida la torre de luces en forma de rotonda… claro que sí.
Don Hugo: En efecto, don Víctor, Moneo enfatiza de esa manera el principal eje de comunicación vertical de la estación, al tiempo que rinde homenaje al gran Villanueva que, desde esta colina de Atocha, lo contempla ya todo por encima del Bien y del Mal.
Don Víctor: ¡Como un Zeus! Y esta altura, con su edificio, se antoja digna evocación del Olimpo.
Don Hugo: Siempre que miro esta rotonda, me viene a la mente la catedral de Saint Paul en Londres…
Don Víctor: Pero, don Hugo, ¿qué me dice usted? ¡Si está en las antípodas!… con su gigantismo y su encopetado cupulón.
Don Hugo: Pues eso, que, por contraste, me sugiere lo contrario: mesura, nobleza, proporción, gentileza…
Don Víctor: Aún más que el templete de Bramante… ¡con permiso de usted, evidentemente!
Don Hugo: No repitamos la discusión de aquella tarde inolvidable en el Trastévere, que entonces ya le concedí, creo yo, demasiado, don Víctor…
Don Víctor: Entonces admití que su pequeño tamaño lo redime de tantas superposiciones de pórtico, balaustrada, tambor, cúpula y linterna.
Don Hugo: Claro, claro, libertades imprescindibles para el genio que mira lejos e intuye y empieza a dar forma ya al mal llamado “manierismo”, la expresión del Renacimiento que aprendió el resto de Europa.
Don Víctor: ¿Y qué le parece que no ponga frontones triangulares? ¿Lo echa usted de menos aquí, en el Observatorio?
Don Hugo: Ni aquí ni en el Prado; además no sé muy bien por qué todos los demás se obstinan en plantificarlo sobre las portadas.
Don Víctor: Pues, ¿por qué ha de ser?… Por el miedo a contradecir al Palladio.
Don Hugo: ¿Sabe usted lo que le digo, don Víctor? Que el Palladio hubiera preferido a Villanueva, tan variado, tan ameno y tan a escala humana, antes que a todos sus aburridos adoradores.