
Don Hugo: Y por mucha épica que se le quiera dar, ¡qué vil resulta siempre la guerrilla con sus ataques por sorpresa y por la espalda, sus emboscadas y engaños!… Además lo suyo es puro ventajismo con el conocimiento del terreno y la extorsión a los lugareños a los que amedrentan.
Don Víctor: No le quito razón, pero ¿qué otro remedio cabe ante la superioridad de un ejército regular? Piense también en las represalias del ocupante, no menos terroríficas e inhumanas que la crueldad de los resistentes…
Don Hugo: Ciertamente, don Víctor. Sólo cabe la épica en buena lid, en campo abierto, cara a cara, a la hora convenida y entre fuerzas equivalentes.
Don Víctor: ¡Vamos, don Hugo, eso se llama “juego del ajedrez”!, que es muy bonito y no requiere efusión de sangre…
Don Hugo: Leía yo el otro día a Víctor Hugo y me gustó mucho aquella apreciación de cómo “la guerrilla no acaba nunca o acaba mal; se empieza por atacar a una república y se acaba por desvalijar una diligencia”.
Don Víctor: Es la historia de España. Fíjese usted en las secuelas de la lucha contra el Francés: guerras civiles, bandolerismo y yo hago cuanto me viene en gana.
Don Hugo: Sí, y el Tempranillo se las da de Robin Hood, determina quién es bueno y quién es malo, y así roba cuanto puede en su propio beneficio.
Don Víctor: ¿No se quejaba la pobre gente de la autoridad y los recaudadores?… ¡Pues toma, cucharada y media!