El espíritu de Wamba

Don Víctor: Ve uno tantos buenos propósitos, tanto desprendimiento, ideas tan justas, la utopía reflejada al fin en los ojos de esos revolucionarios…

Don Hugo: Sí, todo eso es muy bonito, don Víctor, pero mire usted abajo: muertos despojados, pisados y aplastados… Bruto creyó poder restaurar la república y, ¡ya ve usted!, le salió el tiro por la culata: ¡el despotismo de los césares por los siglos de los siglos hasta la caída de Roma!

Don Víctor: Pues anda que la que vino después… ¡aún fue menos democrático! Y ni siquiera la Historia rehabilita a Bruto como idealista…

Don Hugo: ¡Bueno lo pone Shakespeare!… Otro tanto ocurrió con los comunistas que quisieron quitar de en medio a Gorbachov…

Don Víctor: ¡Adiós la URSS!

Don Hugo: … y Shapur Baktiar y su democracia iraní…

Don Víctor: ¡Toma teocracia islamista!

Don Hugo: … y si se salen con la suya los animalistas…

Don Víctor: ¡Extinción del toro de lidia y, de paso, desaparición de ciervos, jabalíes y demás caza mayor!

Don Hugo: … y Zapatero con su «talante» y su universal contentamiento de todas las regiones…

Don Víctor: ¡Salte España en mil pedazos!

Don Hugo: … Bush y su campaña en Irak del «Providing comfort»…

Don Víctor: ¡Qué decirle, don Hugo!… De buenos propósitos está el Infierno lleno. Cuántas veces las más razonables ideas desembocan fatalmente en una marea de irracionalidades que se lo lleva todo por delante. El ingenuo reformador es inmediatamente atropellado por los más fanáticos.

Don Hugo: Si no hay más que pensar en la España de la Restauración, en el regeneracionismo y todo aquello… y al final triunfó el espíritu de Wamba, el anarquista de «El Bateo»

Don Hugo y don Víctor (cantando): «El día en que yo gobierne,/ si es que llego a gobernar,/ lo menos dos mil cabezas/ por el suelo rodarán./ Haremos de carne humana/ la estatua de Robespierre,/ para que sirva de ejemplo/ el mártir aquel».

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