
Don Víctor: No sé si voy a volver porque el último día discutí con la monitora.
Don Hugo: ¡Tenga usted paciencia, don Víctor!, que ha de completar su rehabilitación.
Don Víctor: Pues que no me manden imposibles. Me dijo: “Víctor, te he dicho que respires lento” y cuando le repliqué que podía intentar respirar más despacio, pero no “lento”, casi me expulsa de la sala.
Don Hugo: Esto es una batalla perdida. Al pobre verbo lo han mutilado de sus adverbios. Los adjetivos se han apoderado de todo.
Don Víctor: No, si yo ya me callo. Cuando vino el jefe y puso música para distender el ambiente, como petardeara el altavoz, declaró: “¡Se oye malísimo!”
Don Hugo: Fíjese usted, don Víctor, que a Muñoz Molina un perro le “mira fijo”, que Pérez Reverte “come rápido”, que Juanjo Millás “escribe fácil”. Y lo malo es que lo redactan así y lo publican.
Don Víctor: Eso viene de lejos, don Hugo. ¿Recuerda usted cómo en “La casa verde”, de Vargas Llosa, todo lo “hacen rápido”?
Don Hugo: Esta usurpación de la función adverbial por parte del adjetivo nos lleva a un empobrecimiento conceptual grave. No olvidemos que pensamiento y lenguaje están tan interconectados e intercondicionados, que acaban por ser lo mismo. Este descubrimiento de la psicología científica, ya lo enunciaron los clásicos.
Don Víctor: La cosa no para ahí, don Hugo, pues qué me dice usted de la mengua del léxico… es como para decirle cuatro cosas a mi monitora cuando me mande que “me ponga rápido” a hacer algún ejercicio.
Don Hugo: Sí, la primera, que “rápidamente”.
Don Víctor: La segunda, que “pronto”.
Don Hugo: “inmediatamente”.
Don Víctor: “Enseguida”.
Don Hugo: “Apurándome”, aunque sea un verbo.
Don Víctor: “Ipso facto”.
Don Hugo: Deberíamos empezar a hablar con todos nuestros conocidos e intentar crear un estado de opinión que rescate el adverbio de la extinción.
Don Víctor: Sí, habrá que “trabajar duro”.