
Don Hugo: Vienen Isidro Cuenca, Lopetegui…
Don Víctor: ¿Lopetegui?
Don Hugo: Claro, si está ya muchísimo mejor, gracias a Dios… y también viene Planes.
Don Víctor: ¡Hombre, qué alegría!… Hacía años que no honraba la capital con su presencia.
Don Hugo: Está contentísimo… pero, don Víctor, ¿a que no sabe usted a nombre de quién hemos hecho la reserva?
Don Víctor: Está clarísimo: ¡a nombre del Doctor Planes-Bellmunt, premio Príncipe de Asturias!
Don Hugo: No, si la reservé yo… pero cuando iba a decir mi apellido, la señorita me cortó, asegurándome que con «Hugo» bastaba.
Don Víctor: Yo también soy sólo «Víctor» cuando invito a mis hijos en el Starbucks…
Don Hugo: Yo creo, don Víctor, que la culpa es de José Antonio.
Don Víctor: ¿Primo de Rivera?
Don Hugo: ¡Precisamente! Como el padre agotó el apellido, al hijo sólo le quedó el nombre.
Don Víctor: Hombre, don Hugo, como mal heredado, la cosa queda algo lejos…
Don Hugo: Es cierto que entre José Antonio y Felipe median cincuenta años de políticos con apellido.
Don Víctor: Sí, claro, pero también es verdad que aunque ni usted ni yo nunca dijéramos «Federico», sí que nos apeábamos al «Ramón» y al «Juan Ramón».
Don Hugo: Es verdad… Bien mirado, esto de no tener apellido ha de responder a un afán de rebeldía por parte del joven: yo soy yo, yo solo, sin gremio ni cuerpo, ni gens… ¡como Napoleón!
Don Víctor: Eso antes de que se colara por detrás toda la caterva corsa de los Bonaparte.
Don Hugo: ¡Y qué bien rima el joven héroe con el tuteo revolucionario!
Don Víctor: Vamos, que cuando entremos en el restaurante, lo a gusto que se va a quedar usted después de proclamar en voz alta como un tribuno de la plebe: «Tenemos mesa reservada a nombre de Hugo!»