
Don Hugo: Don Víctor, me temo que de lo de Casa Ciriaco, nada… me ha dicho la médico que me quite de grasas, sal, azúcar y exceso de alcohol.
Don Víctor: ¿Y no le ha prohibido más que eso?
Don Hugo: Calle… déjeme pensar… a ver…
Don Víctor: ¿No ha reparado en los estragos del abuso de proteínas, la ingesta de las hortalizas transgénicas y las patatas momificadas, el trabajo titánico que para nuestras tripas supone la transformación de los dichosos hidratos de carbono en azúcares?…
Don Hugo: ¡Atiza! Si parece usted aquel físico, Pedro Recio de Tirteafuera, que, en la Ínsula Barataria, censuraba a Sancho cada uno de los alimentos que escogía sobre su paradisíaca mesa de Gobernador.
Don Víctor: Dice usted bien, don Hugo. Paraíso eran las mesas de antaño donde todos los platos, las frutas, los licores y los pasteles estaban juntos y al libre alcance de los comensales.
Don Hugo: ¡Aquello sí que era libertad y confianza en el juicio de cada uno!… aquél zafio y ansioso, ese otro liberal y exquisito, aquélla frugal y remilgada, esta otra parsimoniosa y sibarita, éste exoticista, el de más allá clásico y ordenado…
Don Víctor: … hasta que llegó la Ilustración, don Hugo, que lo convirtió todo en un manual escolar, con sus horarios, con sus medidas, con su orden y sus cadencias… y las mesas empezaron a volverse tristes…
Don Hugo: Como que a la familia burguesa se le servía la sopa en una escudilla tasada, el plato de ración con la guarnición justa, y las habas siempre contadas. El dulce sólo al final y la botella, bien terciada.
Don Víctor: Y si acaso para el padre, un cordial y un buen habano.
Don Hugo: Además es que estoy pensando que, a este paso, no se va a poder comer ya nada. Con estos dietistas, es como si el pensamiento mágico de las fobias alimenticias infantiles -de que si «no como esto porque no me gusta» ( y así me precavo de ya no sé qué mal augurio)-, con estos dietistas se hubiera hecho ciencia de todos esos temores irracionales y supercherías de evitación.
Don Víctor: La cuestión, en definitiva, es ser o no ser ortoréxico.
Don Hugo: ¿Sabe lo que le digo, don Víctor?… Que ahora mismo llamo a Casa Ciriaco y anulo la anulación de la reserva.