Matador

Don Hugo: ¿Absolutamente romántico dice usted, don Víctor?… ¡Con esos remilgos galantes de «Così fan tutte»? (cantando:) Ed in tanto di dolore, / meschinello, io morrò!

Don Víctor: Cuidado, don Hugo, que luego truena: (cantando:) Tradito, schernito, / dal perdido cor.

Don Hugo: Sí, sí, muy bien, pero ¿qué me dice usted del «Don Giovanni»? (cantando:) S´ella sospira / sospiro anch´io.

Don Víctor: Claro, pero bien que se enfada y anuncia (cantando:) Sol di stragi e morte / Nunzio vogl´io tornar!, ¿no es la misma ira que en «Lucia»? (cantando:) M´odi e trema!, ¿o que en «Sonnambula»? (cantando:) Perché non posso odiarti? Y ambas cosas se las dice a las amadas sucesivas.

Don Hugo: Byroniano, en efecto… ¡Vaya un ego!  Almaviva sono io! ¿Quién lo dijo antes con tal autoridad en el «Barbiere»?… Ya sé que no es mi tesitura, don Víctor, pero ¿qué me dice usted de la despedida de Werther?

(cantando ambos:) Mais à la dérobée / quelque femme viendra / visiter le banni / et d´une douce larme / en grande ombre tombée, / le mort, le pauvre mort / se sentira béni!

Don Víctor: ¡Vaya manera de palmarla dejando hecha polvo a la pobre Charlotte!

Don Hugo: Un caso claro de la más egocéntrica y sádico-narcisista inducción al sentimiento de culpa y a la desesperación en la persona amada.

Don Víctor: Menos mal que el romanticismo es también tan luminoso, compensando aquellas tinieblas, que, exaltándose tanto, llega a llenar toda la Creación. ¡La plenitud del amor! (cantando:) Dell´Universo in memore, / (cantando ambos:) Io vivo quasi in Ciel!

Don Hugo: ¡Pero mire que trabajó Alfredo el recitativo mozartiano con Karajan o las agilidades del canto rossiniano!… En principio, era un cantante más versátil de lo que usted dice y no parece que ni su temperamento ni sus cualidades le predispusieran hacia el repertorio romántico en exclusiva…

Don Víctor: … pero el hecho es que su carrera…

Don Hugo: … la marcaron los contratos. Los teatros empezaron a abrumarlo con ofertas para Duques de Mantua, Edgardos, Alfredos, Werthers luego… ¡todos romantiquísimos! Los empresarios sabían que habían encontrado en él un auténtico espada que mataba como Nicanor Villalta, ¡fulminando!

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