
Don Hugo: Mire que venía yo entusiasmado a esta escapada de una tarde a Mantua, don Víctor… pero… ¿adónde me ha traído usted? Pensaba que me enseñaría la grotta del Palazzo del Te o la Camera degli Sposi en el Palacio Ducal…
Don Víctor: Esas cosas, don Hugo, se las conoce usted del derecho y del revés. Esta tarde lo que quería yo demostrarle es que Lévi-Strauss estaba equivocado en aquello que citó usted a las señoras.
Don Hugo: ¿Lo de aquellos indios de una tribu del Amazonas, vecina de los Nambikwara, que, de tan espirituales, extirpan hasta el último pelo de su cuerpo, pestañas incluidas, y no tienen hijos sino que los adoptan, y todo ello para no ser animales?
Don Víctor: No, don Hugo, me refería a eso de que el Japón sea el único país del mundo que ha logrado las síntesis entre tradición y modernidad…. Fíjese usted en esta fábrica: la gigantesca maquinaria que se mueve en su interior necesita de una vastísima nave completamente diáfana, que no podría sostenerse por sí sola.
Don Hugo: Es cierto, observo que parece suspendida como uno de esos puentes que franquean los estrechos… ¿Y bien, don Víctor?
Don Víctor: Pues eso, ¡que estamos en la Mantua de sus museos! Para mí que el que tiene razón no es Lévi-Strauss, sino Josep Pla, que sabe mucho más lo que se dice: que nadie lleva con semejante naturalidad el habitar y llenar de vida lo arqueológico. Los italianos no tienen el menor problema en desarrollar la tecnología punta entre los vestigios del pasado.
Don Hugo: Y dígame, don Víctor, ¿es esto quizá una fábrica de coches de Fórmula Uno?
Don Víctor: Tanto como eso, no, don Hugo, pero tengo pensada para usted una segunda visita: vamos a un museo dedicado a un auténtico héroe futurista… ¡el Museo Nuvolari!
Don Hugo: ¡Venga, don Víctor! ¿Tiene quinta este 1500?… ¡Pues acelere!