
Don Hugo: Imagínese usted una alcoba de aquéllas de solterona, de techos altos y sin ventanas, con su cama bien elevada y de barrotes niquelados, su armario con espejo coronado por un baúl abetunado y sobre la cabecera una reproducción de ya no sé qué Santa Faz de lo más tétrico que la iconografía decimonónica haya podido perpetrar…
Don Víctor: Sí, me estoy viendo yo también allí de pequeñín, antes de la guerra…
Don Hugo: Bueno, pues mi primo Joaquinito, que era un trasto, y yo nos metimos una vez debajo de la cama, a la hora de la siesta, y esperamos a que estuviera acostada la tía Hortensia, que era muy beatorra y que rezaba muchísimo antes de dormirse…
Don Víctor: Desde luego qué osada es la infancia… cómo, a pesar de su flaqueza y de sus miedos desproporcionados, se atreve a penetrar en los recintos más amenazantes, arriesgándose además a castigos descomunales…
Don Hugo: Sí, don Víctor, los niños se atreven a vivir realmente y a jugarse el pellejo cuando los adultos nos limitamos a recrearlo vicariamente en la ficción de novelas y películas… Bien, pues allí nos tiene usted, a mitad de un confiteor, levantando a oleadas el somier con nuestras espaldas y agitando a la vez una campanilla. A nuestra pobre tía la oíamos gritar: «Temblé, temblé, ¡pero no me vencerás!»
Don Víctor: No se equivocaba su tía, don Hugo. Verdaderamente eran ustedes dos diablillos de Satanás… Me recuerda a aquella otra travesura que me contaba mi primo el médico.
Don Hugo: Sí, Arregui.
Don Víctor: El mismo. Estudió en Zaragoza y en el Colegio Mayor había un estudiante especialmente meapilas que rezaba encerrado en su cuarto. Algunos químicos muy guasones le insuflaron no sé qué gas por debajo de la puerta y, al inflamarlo, generaron como unas llamitas mefíticas. Al parecer, nuestro estudiante, remedando a San Jerónimo, se puso a gritar, descompuesto: «¡Vade retro, Satanás! ¡No me tientes!»
Don Hugo: Claro, don Víctor, ahora caigo en que en aquel entonces todavía existía el Demonio…