
Don Víctor: Pero, don Hugo, si desde aquí se ve muy bonito, ¿para qué quiere usted que me suba allí arriba?
Don Hugo: No sea perezoso, don Víctor, ya verá. Tiro dos céntimos de Euro aquí en el centro de la orquesta y usted lo oye desde lo alto de la andanada, como si le cayera al lado.
Don Víctor: Lo creo a pies juntillas, pero se me está ocurriendo que se podrían derramar toneladas de monedas de dos Euros en este gigantesco embudo y no quedaría saldada ni por asomo la deuda que tenemos con los griegos, sólo por habernos regalado el teatro…
Don Hugo: ¡Y qué teatro!… Edificador de ciudadanos tanto en lo épico como en lo ético.
Don Víctor: Y no hablemos ya de la filosofía, de la política, de las Bellas Artes y del gran Homero.
Don Hugo: ¡Impagable herencia!… Una deuda permanente.
Don Víctor: Y después de semejante academia, ¡qué plenitud no nos esperaba a los europeos gracias a Italia! ¿Quién ha sabido pintar, esculpir, hacer música, levantar los más nobles edificios, diseñar ciudades, hacer poesía, desarrollar la ciencia moderna, cocinar?…
Don Hugo: Pues ahora venimos nosotros. Como si no tuviéramos bastante con plantar semejante civilización en América, mientras tanto nos cayó la responsabilidad de defenderla en Europa y que no se malbaratara todo, atropellado por el turco aleve. ¿Qué habría sido de la Europa del Norte sin la vitalidad y el genio de las tres penínsulas?
Don Víctor: Pues ahí lo tiene, don Hugo, que ahora no quieren acordarse de nada… y a los pobres griegos les esquilman su patrimonio para que los bancos recompongan los beneficios de sus usuras…
Don Hugo: … y a los italianos, les quitan y les ponen gobiernos en función de las coyunturas socio-económicas de la plutocracia…
Don Víctor: Sí, y a nosotros… ¡si hasta pretenden que cumplamos con el déficit!