Frescos y frescos

Don Hugo: A propósito de sueños, don Víctor, tengo que reflexionar sobre una pesadilla recurrente que he vuelto a tener: Me encuentro a bordo de un barco. Caigo por la borda y me sumerjo en el Mar de los Sargazos. Allí, cuanto más pataleo y braceo y me contorsiono, más enredado voy quedando hasta asfixiarme del todo sin poder sacar la cabeza… Y me despierto entonces, claro.

Don Víctor: Pues yo, don Hugo, soñé algo parecido… que me adentraba por uno de esos frescos de San Antonio de los Alemanes, como atraído por la luz del Cielo, pero era tal la amalgama de cuerpos, ¡estábamos como piojos en costura!, que yo también me enredaba con otras criaturas y al final ya no sabía si esa pierna era mía, de un ángel, de un suplicante o del mismísimo San Antonio…

Don Hugo: Mejor habría hecho usted en buscar la luz en los techos de Tiepolo, en el Palacio Real, desde luego.

Don Víctor: Ni Carreño ni los otros son italianos, ni aquella iglesia es Italia, como sí lo es el Palacio de Juvara.

Don Hugo: No compare usted el farinato salmantino con la focaccia ligur. Si es que es como si nuestro Super-yo lo hubiera inventado un místico español, tan cargado estamos de prisiones, tan aplastados por el peso de nuestros pecados.

Don Víctor: En cambio el italiano, en su cinismo, desconoce el remordimiento.

Don Hugo: Pues tiene usted razón, don Víctor… Sería como comparar a Marcello Mastroianni con Alfredo Kraus. ¿Cómo va a ser el Duque de Mantua por mucho que nadie lo cante mejor?

Don Víctor: Es que para frescos, ¡Mastroianni!

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