Derechos de autor

Don Víctor: Pero entonces ¿no va a venir?

Don Hugo: Quite, quite, don Víctor, si es que al final ni me atreví a decírselo. Estuve toda la tarde con él tratando de explicárselo, pero es que Salmerón viene de otro mundo. Y gracias a ese mundo, es el artista que es.

Don Víctor: Pero, ¿qué fue exactamente lo que le ocurrió con la SGAE?

Don Hugo: Fue aquello de la lambada que se puso tan de moda a finales de los ochenta. El hombre había hecho una versión aflamencada con la que tuvo mucho éxito y llegó a sacarla en disco y todo…

Don Víctor: No diga usted más, don Hugo… que llegó el tío Teddy con las rebajas.

Don Hugo: O retiraba los discos y dejaba de cantarla, o lo denunciaban.

Don Víctor: Claro, explíquele usted a don Antonio Chacón, a Manuel Torre, o a la Piriñaca que tenían que pagar derechos de autor por interpretar un cantar que habían oído una vez en la sierra….

Don Hugo: Todos ellos eran todavía juglares en pleno siglo XX… pero ya hacía mucho tiempo que el Mester de Clerecía los tenía orillados.

Don Víctor: Por otra parte, ¿imagina usted a un Lorenzo de Medici instando a Gozzoli, a los Pollaiuoli, o a Sandro Botticcelli a registrar sus diseños para que nadie los copiara?

Don Hugo: ¿Qué habría sido entonces del arte del Cinquecento en adelante?

Don Víctor: Indudablemente todas estas limitaciones secan la producción artística… pero, por otra parte, sin derechos de autor los artistas, hoy en día, morirían.

Don Hugo: Todo está tasado, todo se mide, todo es propiedad de alguien, todo tiene un precio.

Don Víctor: Antaño el artista fue como un caballero andante que, extrañado de su sociedad, cabalgaba hacia el pródigo infinito, interpretando cuanto le viniera con total libertad.

Don Hugo: Claro, don Víctor, con razón se quejaban los surrealistas de verse tan constreñidos por las leyes burguesas mezquinamente mercantiles…

Don Víctor: Sí, pero por si acaso bien que registraban sus producciones.

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