Y luego pasa lo que pasa…

Don Hugo: Para mí que allí estuvo sembrado Guillén de Castro. Qué bien plantea la contradicción consustancial a la educación de los hijos.

Don Víctor: Sí, padre… sí, padre… sí, padre… Era el siglo XVI… ¿qué se iba a esperar?

Don Hugo: Pues eso mismo, don Víctor, que con tanta sumisión, qué hacemos cuando es necesario rebelarse. No hay más remedio que enseñar a los hijos a poner una vela a Dios y otra al Diablo.

Don Víctor: Sólo el joven Cid, capaz de amenazar a su propio padre, pudo lavar la honra familiar.

Don Hugo: Pero, claro, esa duplicidad de mensajes conduce, después de la confusión inicial en la niñez, al aprendizaje de la hipocresía.

Don Víctor: La sociedad, incluso la cristianísima de entonces, nunca será una sociedad seráfica. «Sed prudentes como serpientes y sencillos como palomas», si ya lo dijo el mismísimo Cristo…

Don Hugo: El cambio lo trae el capitalismo, que rompe ese equilibrio inestable, tan poco convincente y tan hipócrita, sustituyéndolo por el más desvergonzado cinismo.

Don Víctor: El problema, don Hugo, es que la sumisión a ultranza no puede acabar más que en la aniquilación del sumiso, como ocurrió con las últimas Cortes franquistas.

Don Hugo: Algo de cinismo se gastó también ahí don Adolfo… ¿Se acuerda usted de aquello del examen de Estado cuando a un aspirante le preguntó el tribunal por el «Sí de las niñas»?

Don Víctor: ¡Ah, claro!… «que las educan a decir a todo que sí, a todo que sí… y luego pasa lo que pasa».

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