
Don Hugo: Usted dirá lo que quiera, don Víctor, pero yo, aquí, lo clásico no lo veo por ninguna parte… Es lo más barroco que he visto en mi vida.
Don Víctor: Aunque alterados, descolocados, distorsionados y quebrados, ahí siguen estando todos los elementos clásicos: las pilastras adosadas, los dinteles, los entablamentos y cornisas, los frontones, por más que sean curvos y se quiebren…
Don Hugo: Usted mismo me está dando la razón: todo aparece roto, con intrusiones incoherentes y con abigarramientos excesivos…
Don Víctor: Sí, sí, ¡pero está todo! No desaparece.
Don Hugo: Está para negarlo, para ofenderlo, para escarnecerlo… Por ejemplo, ¿qué me dice usted de esos tambores de columna tumbados sobre las peanas del ático, como si fueran a rodar y a aplastar toda la nave. ¡Las extravagancias de un loco!
Don Víctor: Pero el Barroco nunca prescinde de lo clásico. Lo discute constantemente, pero lo preserva y jamás lo abandona, como esos matrimonios a la antigua, que se pasaban la vida discutiendo y no hallaban sabor a nada el uno sin el otro…
Don Hugo: Vamos, ¡como las vanguardias luego, que también les dio por arremeter contra todo lo anterior!…
Don Víctor: Con una diferencia, don Hugo: que en el siglo XX ya no había matrimonio que aguantara aquello. Llegó el divorcio…
Don Hugo: … ¡y si te he visto, no me acuerdo!