
Don Víctor: Don Hugo, ya puede usted abrir los ojos.
Don Hugo: Veamos, esto por de pronto y claramente no es inglés…
Don Víctor: En efecto, nada que ver con aquellas iglesias londinenses que parecen viejas damas británicas vestidas a cuál más extravagante.
Don Hugo: … tampoco barroco francés…
Don Víctor: Ya sabía yo que en eso no tendría duda. Aquí no hay nada de jesuítico ni de jansenista, ni de raspa de pescado.
Don Hugo: … tampoco aquel barroco palladiano del Norte de Italia, tan idealista…
Don Víctor: Efectivamente; éste de aquí, por el contrario, es demasiado exuberante, demasiado hedonista, en definitiva muy sensual…
Don Hugo: … ¡y popular!… y visto que voy acertando y que estoy manifiestamente bien encaminado, me decanto por el Barroco español: América, nuestro Levante, Sicilia, el Reino de Nápoles…
Don Víctor: Aquí una brisa cordial ondula amorosamente los muros como si de un velamen se tratara… la fachada se ahueca, se retira hacia atrás como para invitarnos a aproximarnos y acogernos… la vegetación invade pilastras y frisos… los santos se asoman con despreocupación a las balaustradas y hornacinas… todo nos invita a habitar este amable paraíso.
Don Hugo: Ya está, don Víctor… ¡la catedral de Murcia!