Que me den un buen Caronte

Don Víctor: Lo que es en la cola del cine, yo no me quedo hoy. Antes me pongo en esa otra, que es la de la sopa de las monjas…

Don Hugo: Pero, don Víctor, que a esta hora no es la de la sopa, sino para otra película…

Don Víctor: Ah bueno, ¿me promete usted que no es una de ésas con realismo rompedor de “caca, pedo, culo, pis”?

Don Hugo: Claro que no, hombre, ésta es la de Cuarón: “Roma”.

Don Víctor: Menos mal, don Hugo… ¿y cómo explica usted esta manía de invadir las pantallas con inyecciones de heroína, sordideces de urinarios públicos, violaciones despiadadas, vomitonas, descalabros… esos callejones llenos de basura y pintarrajeados de graffiti… en definitiva lo burdo y lo zafio, lo más bajo, entronizados?

Don Hugo: ¿Y esa banda sonora hecha de tacos a cuál más agresivo, que embadurnan de excrementos todo el lenguaje y son siempre degradantes para el interlocutor y a la postre para el espectador?

Don Víctor: Sí, sale uno del cine como chupa de dómine.

Don Hugo: Claro, como que la película es un diluvio de gargajos.

Don Víctor: La posteridad ha demostrado que no fue una buena idea bautizar como “realista” aquel movimiento de los Balzac, Courbet y compañía porque ello ha favorecido el que se pueda confundir la realidad en bruto con el arte, que es todo lo contrario…

Don Hugo: … cuando lo cierto es que uno de los mayores beneficios del arte, aunque no el único, es precisamente el ayudar a sobreponernos a la realidad.

Don Hugo: Le voy a poner tres ejemplos que no tienen nada de pacatos y que son Arte:  “Salò” de Pasolini, “La grande bouffe” de Marco Ferreri  y “Secretos de un matrimonio” de Bergman.

Don Víctor: Claro, con esos tres sí que hago yo cola para embarcarme a un viaje a los Infiernos.

Deja un comentario